• Vicente marco

CLONES

Hace unos días mi hijo me preguntó por qué el ultramarinos que hay debajo de casa permanecía abierto día y noche tantas horas si solo lo atendían dos personas y no jóvenes precisamente. Le dije que habían comprado clones por Internet. Para distinguir un clon de uno auténtico solo debía mirarle la nuca. Si llevaba apuntado un número, se trataba un clon. Y cuanto más alto era el número, más clon, más imperfecto. Porque los clones los copiaban unos de otros, para no molestar al original. Así que por ejemplo el número trescientos doce sería muy diferente al señor del ultramarinos. A lo mejor no necesitaba gafas, gozaba de buena salud o no le gustaba tanto el vino. Yo qué sé. Cuando llegamos a la tienda, mi hijo se ponía de puntillas para ver la nuca del tendero. Su estatura de niño de ocho años no le dio para averiguar el misterio. De regreso, estuvo todo el tiempo preguntándome acerca de los clones. Si había muchos y eso. Le dije que sí. Muchos. Que yo era original pero que su madre había pedido diez porque no disponía de tiempo para realizar todas las tareas domésticas y atenderlos a él y a su hermana.

Cuando llegamos a casa le pinté a mi esposa un seis en la nuca.

A la hora de la cena, mi hijo descubrió aquel seis. Se quedó en silencio como si los pilares que sustentaban el mundo descubierto en su corta infancia se hubieran resquebrajado. Después fue a su cuarto y comenzó a llorar.

—Pero que era una broma, cariño. Cómo vamos a tener clones, hijo.

—Cómo vamos a tener clones, hijo —repitió mi esposa. Y al agacharse para dar otro beso a mi hijo reparé en que llevaba un cuatro escrito en la nuca. Pero no un cuatro pintado con boli o rotulador. Un cuatro con relieve, como si formara parte de la piel y, debajo del cuatro, el nombre de una empresa con la © del copyright.

Me quedé en silencio, de pie, como si los pilares que sustentaban el mundo descubierto en mi larga vida se hubieran resquebrajado. Tras el beso, mi mujer abrazó a mi hijo. Se dieron la vuelta y observé que también el niño llevaba un número en la nuca. El cinco. Y después apareció mi otra hija, con el siete.

Así que me fui a mi cuarto y comencé a llorar. Hasta que vino un tipo igual que yo y me dijo que era mentira, que cómo íbamos a tener clones.

Foto: Javier Morasio Martí.


Texto y foto incluidos en el manual Ejercicios de escritura creativa para agilizar la mente, Ed. Almuzara, que aparecerá publicado en breve. Autores: Asunción Aguilar y Vicente Marco.

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